Con la última arcada no consiguió su propósito. El vómito ya no servía de nada. La fiebre ya no podía subir más; otro temblor, inimaginable. Y lo peor era que toda esa sintomatología se parecía absurda y vengativamente al estado en que se perdía su cuerpo después de hacer el amor. Si al menos desaparecieran las náuseas vislumbraría una remota posibilidad para el olvido.