Lo conseguí. Por fin estoy solo. Sólo yo y la naturleza que se me enreda a cada paso, que renace en cada mirada y se metamorfosea tal vez con algún viejo y desconocido plan ideado por alguien al que ya no aspiro a conocer.
Tal vez en algún lugar de este globalizado planeta ,en este siglo en el que gracias al efecto mariposa tú puedes leer esto, ya existan agencias de viajes vendiendo paquetes a grupos organizados para que todos puedan disfrutar del paraíso. Si Horacio Quiroga levantara la cabeza te iba yo a contar un cuento.
Lo cierto es que me encantaría que pudieras vivir esto: es indescriptible. Como todas las sensaciones vitales y profundas. El amor, el odio, la vida y la muerte.
Pero, ten en cuenta que no es fácil. La desición tiene que ser casi espontánea, sin meditarla demasiado, como cuando decides tener un hijo y te conviertes en un hijo de perra porque quién coño eres tú para concederle la vida, esta vida a nadie.
Por suerte (?) aquí estoy. Aproveché un momento de descuido del comandante, que por cierto tiene quince años y no sabe ni leer su nombre, ni escribirlo y me acerqué al laptop del fotógrafo de Magnum y, durante dos minutos, te acerqué tantito.
En serio, tienes que venir. Es fácil, muy fácil. Si detestas los viajes en grupo no tienes más que sacar un billete a Colombia y dejarte llevar por ciertos lugares. En poco tiempo (un día, un año, diez; después el tiempo te parecerá relativo y eterno) vendrá un agente, un guerrillero (si tu querida presencia volviera!), un acólito de esta secta que han ido imaginando entre unas siglas que sonaban hasta bien y una especie de gobierno con el que te suenas bien y mucho al día siguiente. Las FARC y el gobierno colombiano.
Me despido desde este rincón de la selva. En un minuto volveré a tener las manos atadas. Si lees esto, dile a mi hijo que me perdone, que espero vivir lo suficiente como para convertirlo en un ser humano. Y que lea, por favor.