Perder la fe es una empresa harto difícil cuando siempre has carecido de ella. La mayoría parece que la adquirió como una enfermedad genética, o sea, como una degeneración.
Ha habido -no sé por qué lo digo en pasado- guerras en su santo -tampoco por qué digo santo- nombre y algunos son iluminados, casi de un día para otro, con el advenimiento de su paz. Cuentan de un tipo que la encontró en, por y gracias al amor, pero eso no está comprobado científicamente y parece, más bien, una leyenda urbana. Pero sé de alguien que la lleva, incluso, perennemente grabada en su apellido.
Perder la confianza en el ser humano a veces nos lleva a sumirnos en la fe más profunda, en una recalcitrante ignorancia o a perjuran en nombre de todos los hombres, incluso mujeres, de buena fe.
No sé que será más difícil, si recuperar la confianza de una y/o en las personas, o levantarte un día convertido en un divino profeta.
Lo que pasa, como siempre, es que no encontramos con el muro casi infranqueable de estas perras negras sobre un fondo blanco, como las definiera mi venerado dios, y tenemos que dar más rodeos que un perro flaco buscando un cacho de sombra.
De qué me sirve decirte: Te doy mi palabra si alguna vez las usé como espadas… O mi palabra de honor, viniendo de un caballero con esta facha… si se las lleva el viento y a lo peor ni te rozan… me dirás que para las necias, oídos sordos, y te podría decir, inventar, parir hasta nuevos idiomas llenos de significantes que no se aproximarían a los significados pretendidos más que un dedo sobre el vello erizado de una espalda.
Así que tenemos fe en los dioses y confianza en las personas. Porque sólo podemos tener fe en alguien cuando superas la barrera de la adoración, justo cuando confías en que dios exista y crea en ti como tú nunca pudiste hacerlo en él.
Lo más curioso es que tanto la fe, como la confianza se ganan o se pierden. Como mucho se pueden recuperar o empeñar… ¿Alguien conoce la a un buen prestamista, no demasiado usurero?
No se encuentran como una moneda en la calle ni se intuyen como una melodía lejana pero familiar; no se compran, no se venden ni se alquilan, no se subastan. No, se ganan o se pierden, a doble o nada, tal y como debería ser la vida.
La banca -eso sí, sin pedirte permiso, para variar- te apunta al juego y te provee con un saldo inicial. La mayoría se conforma con ir recorriendo el tablero según los dados le van indicando. No sé, pero creo que a esos nadie les explicó de qué iba todo esto. Cierto que a ninguno nos dieron las instrucciones, pero el libre albedrío se daba por descontado. Pero siempre hay jugadores que nos aportan pistas, en un libro, en un cuadro, en una sinfonía, en un beso.
Pocos, aunque no pueda cuantificar un sentimiento, son los que deciden jugar, y todos sabemos cuales son los únicos finales factibles, reales y consecuentes.
Tú decides: cara o cruz, blanco o negro, todo o nada… Hagan sus apuestas, señores! Rien ne va plus!
Post Data: Te convido a creer, con C intercalada.