-¿Cuánto?
Machín supo desde la primera vez que aquel tipo se dejó caer por su vida que nunca se cansaría de encontrar motivos para detestarlo. Esa sonrisa enseñando dientes profidenticamente blancos, comprados con un dinero notoriamente negro, era otro motivo, otra rosa pintada de azul.
De cuando tuvo que vivir en el D. F. le quedó el regusto amargo de la corrupción como un mal congénito, casi inoculado por la misma matrona. Con la primera nalgada te despierta a la vida y con la otra mano extendida, sin disimulo y sin vergüenza, ni propia ni ajena, te exige la primera mordida.
En todos los países existe el chantaje (¿acaso no es contidio sine quanon para crear una nación?) y a todos los niveles. El soborno es casi un requisito más para acceder a determinadas jerarquías oficiales o concursos públicos; pero en ese maldito y adorado país -en el de su amor más profundo y su odio más cruel-, el único que alguna vez quiso considerar como algo parecido a una patria, el chantaje llegaba hasta el corazón, y eso nadie lo sabía mejor que él.
