Todo parecía tan fácil: vivir, sobrevivir, supervivir, dejarse morir tranquila, lentamente, sin prisa, sin pausa.

Lo acusaban de quejarse por puro vicio, pero él, por vicio, entendía otras cosas que nada tenían que ver con la tristeza, el dolor o la soledad; ni siquiera para los solitarios o inconfesables, porque lo único bueno de todo aquello −siendo optimista y creyendo que tenía una parte positiva− es que no tenía que andar con paños calientes, con palabras cuidadosamente elegidas, con tiritas sentimentales. Podía ser tanto o más bestia (entiéndase sincero) de lo que nunca deseó. En definitiva, podía ser como era.

Si no era muy dado a tratar con personas −o sucedáneos de seres humanos que deambulan por la tierra con disfraces que no engañan a nadie− menos aún a zoocializarse, o sea, a tratar con animales propiamente dichos.

Pero cuando su amigo le pidió que, por favor, cuidara del gato por un tiempo, y decidió llevárselo a su casa para no estar con idas y venidas, fue que empezó a descubrir detalles en si mismo que, tal vez, jamás hubiera sido capaz de reconocer sin esa ayuda, llamémosla externa.

De repente, una de esas noches, alguien le dijo que, bueno, no es que le desagradaran, pero que en su casa siempre había habido perros y. Otra que si de pequeña uno se le había tirado y. Estaba la que tuvo uno y no quería más y, la mayoría, eran simplemente alérgicas.

Lo curioso es que todas terminaron por tomarle algo de cariño al dichoso animal, en la misma y proporcional medida en que él comenzaba a detestarlo. Pero terminó por convertirse en la excusa perfecta para que, por ambas partes, de mutuo acuerdo y sin negociaciones previas, no existiera ni un atisbo de compromiso o mudanza definitiva.

El gato terminó por convertirse en el escudo ideal contra la supuesta monotonía del para siempre, la vacuna perfecta contra los pelos ajenos en la sopa calientita, los buenos días con ojos hinchados por el insomnio que produce la cobardía y el miedo a un futuro distinto.

Hasta que, otra noche, justo la del día menos pensado, mientras hacíamos el amor a la luz de la velas, el animalito se plantó entre nuestros cuerpos y el espejo y no pudimos más que morirnos de risa con la carita de nuestro voyeur improvisado.

Tu cuerpo encajaba en el mío con la misma perfección que esa pieza que das por perdida del puzzle de mil piezas y cientos de horas. Tu boca sabía callar la mía con el beso preciso. Tus ojos me hablaban con las palabras que mis sueños inventaban. Tu corazón se acompasaba sospechosamente con el mío. Tu nombre y el mío estaban predestinados con la ingenuidad de plantean los niños en el kinder. Tú.

Al día siguiente se lo regalé a una señora que tenía otros veintipicos gatos. Casi tantos como años restaban para intentar comprender por qué lo hice.