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Tenía ya seis sexenios y pico y recordaba haber plantado un árbol, cuando perdías un día de clase con la excusa de algún día internacional de esos. Y un hijo, al menos, reconocido y/o reconocible.

Pero cada día se su -corta o larga ¿quién es el agrimensor de cada universo?- vida fue como un microrrelato, evolucionando de cuento breve a relato corto según se iban escurriendo las semanas y meses.

A los veintitantos años reconoció que su vida era una nouvelle con los ingredientes más típicos que marcaban los cánones del género. Mas, nunca se decidió a traspasar la frontera de un gran título, un generoso prólogo o un estructurado índice.

Pero, el tiempo siguió su camino y fue marchitando su piel, y los libros impregnaron su alma mientras la vida y las personas se empeñaban en ir dejando inevitables huellas en su memoria.

Ya no le quedaban más excusas para posponer lo inevitable. Había tenido todo lo que alguna vez deseó, y casi de la misma forma en que vino se empeñó en perderlo, y lo consiguió. Había testigos.

Una hoja más en la novela de su vida y aquello parecería más una biografía autorizada que un autorretrato a contraluz. La vida seguía siendo un clásico y se merecía acabar con un buen FIN.