Nadie dijo que no fuera raro. Más bien lo contrario. Diferente, especial, the one & only, extraño, distinto, desigual, disímil… ¿Ves?
Colecciono marcadores de libros, o de páginas, o como quiera que sea. Ya ven, tanto empeño pongo en lo que hago que ni siquiera sé cómo llamarlo.
De pequeño heredé una colección de monedas del mundo. La numismática nunca fue mi pasión. De hecho tardé un tiempo -y aún hoy me cuesta- pronunciar esa palabra sin que se me lengua la traba y sin pensar que se refiere a un tipo de grado evolutivo de los seres unicelulares, o de la curia romana.
El mero hecho de ser coleccionista de algo ya me parece una actitud (hay quien lo llama hobby) digna de ser psicoanalizada por la escuela freudiana. Pero me empeñé en buscarle una explicación a mi herencia material, algo así como una excusa ante propios y extraños, que me salvara de la connotación capitalista de mi posesión. Aún hoy la sigo viendo como una prueba tangible del grado que puede alcanzar la estupidez humana (como si esta condición fuera aplicable a los animales), de la desconfianza que nació en un momento dado de la historia del trueque, cuando ya la palabra de un hombre dejó de tener valor y hubo de inventarse algo sólido que diera garantías a un trato. Como firmar diez papeles grises para amar.
No sé si todos los coleccionistas recuerdan el momento exacto en que decidieron entregar parte de su tiempo a buscar o a encontrar nuevas piezas que añadir a su museo particular. Yo, particularmente, no tengo ni la más remota idea de cuando empecé a juntar cachitos de algo con que marcar las páginas de los libros que iba leyendo.
Hay colecciones que son privadas, quiero decir, incluso perversas e inconfesables, de esas que uno no puede enseñar a las visitas como el álbum de fotos de la boda o el video del último viaje a Groenlandia. Ahí les dejo eso a su imaginación. Pero desde luego yo no me dedico a enseñarle a nadie mis (¿decenas? ¿Cientos? ¡Yo que sé!) marcadores o como se llamen.
Al final, esos objetos terminan por convertirse en recordadores, en chispas que despiertan nuestra memoria, a veces inexplicablemente precisa, sobre el cuándo y el dónde encontramos tal o cual pieza. Yo, repito, no tengo ni idea. Casi.
Todos coleccionamos algo, cosas, recuerdos, besos, abrazos, ganas, necedades y necesidades. Hay quien junta con el único y triste propósito de tener, pero eso no es colección, porque la cantidad nunca ha sido un valor a tener en cuenta, excepto en la bolsa y en los bolsillos.
Hoy encontré uno de esos marcadores dentro de la Enciclopedia Argentina y Universal del Conocimiento, o sea, en el libro de Toda Mafalda; era de cuero, como un adorno de los Lakotas, con sus dibujos y jeroglíficos ininteligibles pero preciosos. Sólo sé que no es mío, y aquí, permitan que mi memoria se tome un respiro y escriba un punto y aparte, o seguido.
Como hago con todas las cosas, pero sobre todo con los libros que no son míos, quisiera devolvérselo a su propietario. De la misma manera que intento regresar todo lo que los libros leídos y marcados en muchas de sus páginas con mis artefactos coleccionables. Mi forma de restitución es la escritura, y el acuse de recibo, cada lector.
Por eso colecciono palabras con el afán de reposición y agradecimiento a cuanto loco me ha transportado a mundos más allá del común, o más adentro, incluso hasta mí mismo. Y porque es de bien nacidos ser agradecido, no quiero dejar pasar la oportunidad para darte las gracias por cada beso.