la-doncella-y-la-muerte-munch231

No me considero un hombre posesivo, pero era mía, mía, mía.

Por eso me pareció inconcebible que fuera él quien me la arrebatara.

Habíamos sido, más que amigos, hermanos, así que, si quieren, pueden llamarlo fratricidio.

Sabía de mi ansiedad y me consolaba diciéndome que yo también tenía derecho a ser feliz, que, tarde o temprano, aparecería una para mí, a mi medida.

Estábamos juntos cuando la encontré. Él llevaba la suya tomada cariñosamente de la mano, a la que tanto amaba.

Su traición me justifica y no tengo motivos para el remordimiento; sin embargo, ahora no sé que hacer con dos editio princeps.