Esta vez, voy a emplear una estrategia distinta; ya sabes, por variar, por amor, a la ciencia. Fijaré mi intención en todas y cada una de tus pecas: esa constelación de tatuajes genéticos que te adornan con la naturalidad que todo artista persigue hasta la locura.

Espérate, déjame empezar por la que habita sobre tu sonrisa -y no me mires así, cierra la boca, esconde la lengua-, salada por las lágrimas de tristeza y felicidad. Ten en cuenta que necesito usar mis manos para tomar apuntes, más que sea de vez en cuando.

Ya sabes que no es por vicio, ni por hedonismo, ni tan siquiera por demostrarte lo que siento con algo más que palabras. Es, casi, por una cuestión filantrópica, ética, deontológico, en nombre de la ciencia. Pero me da miedo definirte: si te estudio, te describo, te explico, todos querrán poseerte y tendré que comenzar un nuevo tratado sobre los celos.

Si supieran que tus caderas pueden servir de puente sobre el mar y contener el sentido de la vida. O que no puedo apagar la luz para hacerte el amor, quiero decir, para estudiarte detenida y concienzudamente, pero que cuanto más te miro menos estudio, que cuanto más te conozco, más te admiro.

Nunca entenderán el por qué necesito pasar toda mi vida contigo, quiero decir, experimentándote. No saben lo difícil que es tener que prescindir de la asepsia del laboratorio y usar la cama. Como te dije, lo de los espejos no era una obsesión mía, sino útiles necesarios para el experimento.

Sé que el presupuesto que me asignaron hace mucho que se esfumó, que no volverán a concederme la beca este año, que mis colegas de facultad piensan que he perdido el juicio y que jamás podré defender mi tesis. Si no te empeñaras en usar mi bata blanca y en andar descalza por la casa… ¿Quién osará recriminarme el acabar enamorado de mi objeto de estudio?

Pero, ven, estate quieta… ¿Ves? Ahora voy a tener que empezar otra vez desde el principio, pero, esta vez, voy a emplear una estrategia distinta…