cenicero
mariposa cigarrillo

Tal vez hubiera vuelta atrás, pero también se cansó de los hubiera o hubiese.

Primero se desnudó y pretendió borrar de su cuerpo todas las marcas ganadas en noches apasionadas, pero el agua caliente sólo consiguió rejuvenecer  sus instintos.

Después empezó a vestirse para la ceremonia con su traje negro. Esta vez no iba a permitir comentarios estúpidos sobre tradiciones, costumbres o supersticiones ancestrales.  Era un acto premeditado durante tantos años que casi parecería fruto de la improvisación o de un arrebato de locura.

La amó desde la primera vez que supo de ella, como por casualidad, como deben de ser estas cosas y, desde ese momento  no le cupo duda de cual era su destino. No soportaba más sus súplicas, sus llantos contagiosos, sus demandas perentorias, sus exigencias para poder continuar juntos. Pero ya no creía en las musas, y ella fue la primer en abandonarlo. Ahora le tocaba a él.

Se miró al espejo y no se reconoció. Paradójicamente, al encontrarse consigo mismo descubrió que se había perdido por el camino. Pero ya no había vuelta atrás, nunca podría volver a ser el mismo. Las experiencias eran inmutables y era gracias a ellas que, por fin, se decidió a cambiar de nuevo.

No pretendía demostrar nada a nadie; no tenía que dar explicaciones ni justificarse ante los demás. Aquellos seguirían apegados a sus opiniones intransigentes, sus verdades inamovibles y sus razones basadas en generalizaciones. Cuando lo encontraran, sería más de lo mismo. Algunos se reafirmarían y otros se sorprenderían, pero a él ya no le iba a afectar.

Se sirvió una copa: la tomó de un trago. Encendió un cigarrillo, se puso otra copa y empezó a escribir el que sería el último poema del último poeta maldito, el último romántico. Ella lo miraba hacer sabiendo que no era necesaria, que podía escribir sin su intervención, a pesar de todo.

Recordó a sus maestros, a sus mentores, a los aprendices, a los compañeros.  Hizo una elegía, una oración, un canto, un despedida.

Se encaró consigo mismo, nuevamente,  frente  al espejo del baño y se miró fijamente a los ojos. Intentaba vislumbrar algún atisbo de lo que fue o de lo que sería a partir de ahora. Y ahora era el momento: cargó el arma, se apuntó a la sien y los recuerdos fueron saliendo, de uno en uno y con las manos en alto.