El amor no se muere, el amor se mata, se asesina y, a veces, se suicida sin razón. Lo vamos exterminando de a poquito, a cachos, a ratos, a veces, tantito.
Pero no cuesta casi nada, a pesar de lo que dicen. Es tan fácil como arrancarse el corazón, esa parte de nuestra cabeza en la que, realmente, está nuestro corazón. Y olvidar la palabra, sin más.
Lo difícil viene después, claro. A veces lo imposible. Creo que es lo único imposible, porque no podemos olvidar. A lo sumo vamos cambiándole el nombre a las cosas, nos mudamos de casas y de costumbres; nos inventamos excusas, nos convencemos e intentamos volver a nosotros mismos como único refugio.
Si te reencuentras contigo mismo después de eso, tal vez debieras pensar que el problema estaba en ti, por haberte abandonado, por creer que amar es la unión de dos personas en una, y luchar por conseguirlo hasta borrarte a ti mismo y convertirte en nada.
Ahora te asombras, te reconoces, no te explicas, pero sigues echándole la culpa al otro, a los otros, como siempre.
Yo también me escondía bajo las sábanas, aterrado, bañado en sudor, porque fuera de ese cobijo habían cosas que, de niños, llamábamos fantasmas o monstruos, y no eran más que personas, el mundo, el resto de tu vida.
Lo terrible es darte cuenta de que has estado con los ojos cerrados hasta hoy y que mamá no está en el cuarto de al lado. Y decides empezar, crecer, mirar de frente a la oscuridad y, bueno, dicen que nunca es demasiado tarde. De todas formas no sabes cuánto te queda.
Comienzas por hacer limpieza de cosas, objetos que un día fueron algo, fotografías, por ejemplo. Libros tal vez. Algún poema escrito, algún regalo inesperado.
Pero no, ya te lo dije, no es tan fácil. Vuelves a equivocarte. El fuego no destruye, sólo transforma. Debes aceptar, no destruir. Tienes que vivir, y para eso no se puede empezar regalando muerte.
No vas a poder olvidar aquel olor, aquella noche, la primera, el tacto de aquella piel, la compenetración exacta e increíble, el momento justo e improbable.
No te empeñes en decir odio justo cuando necesitas decir amor.
Eso sí, no me pidas a mí lo mismo. Yo tengo bastante con lo mío y con lo nuestro.