
Hay libros que me confirman en la idea de que uno, a veces (muchas), escribe para exorcizar fantasmas, acumular recuerdos o escupirlos como quien se ahorra un par de sesiones de psicoanalista.
Me gustan esos libros, me son afines, me cae. Y más aún cuando el autor consigue empatizar tocando fibras, que no son más que las suyas y, sin embargo, describe situaciones o sensaciones casi personales. ¿Acaso es otra cosa la literatura? O cuando hace vivir a sus personajes en lugares que uno ha estado o daría cualquier cosa por conocer algún día.
«Camino de ida» es la primera novela de Carlos Salem y fue galardonada con el Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela policíaca. Una novela que nos permite viajar de Marrakech a Buenos Aires, de Barcelona a Madrid, de Melilla a Miami siguiendo las vidas de unos personajes tan atípicos y alejados del género negro (o policial, o sin etiquetas) que es imposible no tomarles cariño y estar pendientes de cada uno de sus pasos.
Una novela de perdedores que en un momento dado se encuentran (fruto de lo que saben que no pueden ser casualidades) y deciden caminar juntos, atando lazos que han de continuar después de la palabra Fin y dejándonos tantas respuestas como preguntas, pero como con más ganas, con la esperanza de que algún día nos tocará ganar.
Carlos Salem consigue muchas de las cosas que toda gran novela debe tener. Una tensión permanente que obliga a pasar las páginas sin importar la hora que sea y lo que haya que hacer gracias a una trama tan increíble que termina por ser de lo más normal. Logra que sus personajes den el difícil y más importante salto que todo personaje de ficción debe dar: el de convertirse en una persona y hacérnoslo creer. Y también el imprescindible requisito de divertirnos, porque uno tampoco puede dejar de imaginar lo bien que hubo de pasárselo escribiendo cada uno de sus capítulos. Y hacernos pensar, que tampoco hace daño.
Consigue, incluso, que me hayan vuelto las ganas de tener otro gato cuando dice que Jorge Luis (sí, así se llama el gato) «se hizo un ovillo a mi lado y me obsequió el ronroneo de su pequeño motor de cariño elemental».
Es lo que tiene ser el huevo izquierdo del talento. No quisiera imaginar lo que Carlos Salem sería capaz de lograr con un par. Por eso, a causa de mi pobre y triste imaginación, voy a repetir el obligado peregrinaje hasta la Barceloneta portuaria, me perderé nuevamente buscando el escondrijo de Negra y Criminal y devoraré su segunda novela «Matar y guardar la ropa».