Ahora bebía solo, estaba solo y se sentía solo pero no definitivamente mal. Imponerse a sí mismo la soledad no es igual que buscarla con premeditación. Tampoco era el momento -¿cuándo, pues?- de buscar explicaciones a su conducta.
Está allí, en ese lugar indefinido, tomando un vino medio agriado como si quisiera averiguar los límites de su cuerpo más allá de fechas de caducidad o evidencias físicas.
No se negaba a admitir que, tal vez, ese alejamiento que parecía un viaje iniciático, de búsqueda o reencuentro consigo mismo, hubiera sido planeado, más o menos inconscientemente, como una huida, pero no hacia delante, sino hacia adentro.
No es que quisiera dejar atrás el pasado, en donde, al fin y al cabo estaba. Lo asumía como causa y efecto a la vez de su situación actual. Pero, a pesar de todo, de su aspecto a veces descuidado si no había motivos para salir, la habitación desordenada premeditamente y contra su costumbre, los ataques de nostalgia que no sólo tenían que ver con la lejanía, todo, menos lo que escribía, era fruto de la negativa a dejarse arrastrar, una vez más, por un destino siempre incierto.
Así que lo más fácil o lógico era reincidir en los actos cotidianos, volver a la rutina acogedora y calientita. Enfrentarse con el abominable espejo, disfrazarse de normal y volver a ser el que todos esperaban desde hacía tiempo: días, semanas, meses ¿A quién le importaba?
Lo importante era seguir disimulándose, pidiendo disculpas, regalando gracias, repartiendo sonrisas, rifando ganas. Esperar nuevamente la llegada de don Carnal para ponerse el verdadero disfraz, sacándose todas las ropas y enfrentarse, encuerado, a la realidad, ajeno a miradas obsoletas enfermas de artrosis moral, ojos ciegos frente a una realidad demasiado incómoda como para resistirse al abismo. Su mentira, gracias.