Para Maite.
Asegúrese de tener a mano un niño rubio -no olvide los tirabuzones- con cara de angelito. Tampoco es imprescindible que el patronimio coincida exactamente, pero queda gracioso.
Úsese, a modo de laboratorio, el patio de la casa de la abuela, aquel en el que pasamos nuestra -creemos recordar- feliz infancia; ése mismo escenario en el que deseamos educar a nuestros vástagos y ver corretear a nuestros nietos, si aún nos sobra alguno después del experimento.
No olvide, so pena de fracaso estrepitoso, haber aleccionado al escuincle en refranes carpetovetónicos, dichos anquilosados, aforismos clásicos y apotegmas más o menos célebres, con el inevitable efecto secundario de la memoria fragmentada, para que lo recuerde, no sin cierto cariño, como al abuelo loco que garabateaba fórmulas y dibujos raros sobre el buró de su recámara.
El domingo por la mañana es el día ideal. Aproveche la hora en que el resto de la familia acude en manada a misa de diez y préstese a cuidar, responsablemente, al niño: todavía no debe haberse recuperado de este extraño invierno. Si fuera preciso, deje escapar una lágrima, acuda al tempus fugit o a cualquier excusa prostática: lo que sea, pero que se quede con usted.
Cuando vuelvan del paseo por el mercado con sus conciencia limpias, hágase el dormido en la mecedora que habrá dispuesto en el otro extremo del patio, desde dónde habrá podido contemplar la escena a la distancia precisa para que le sirva de excusa para la no intervención.
Y cante la canción una y otra vez, y otra, hasta que el angelito se la aprenda de memoria: «Estaba el señor el don gato, sentadito en su tejado maramamiau, miau, miau… sentadito en suuuu tejado.»
El experimento habrá sido un éxito si, al abrir la puerta, el niño sigue aún reventándole la cabeza al gatito contra la pared, llorando con abundante mocosidad, e insistiéndole en que aún le quedan cinco vidas más, pinche gato.
