Que musa maravillosa
habrá bajado a bersarte,
y que delicia tortuosa
habrá sentido al dejarte.
Silvio. Amanecer.



Si dios existió, si la biblia no es el mejor cuento fantástico que se ha escrito jamás, la mejor novela de ScFi, hubiera (esta vez sí) jurado, prometido o perjurado que esa hoja de parra estaba destinada a cubrir tu sexo como dios manda.

Iba a ser mejor seguir ficcionando la realidad; levantarse a las tantas, hacer caso a los tontos y a las locas para seguir encontrando excusas, sensaciones, palabras sueltas como perras en celo aullando a otra luna nueva.

Mientras los personajes se le acumulaban en la boca del estómago, los entes denominados personas creían seguir viviendo en la realidad, y él se afanaba en buscarles un punto en común. Como todos saben los personajes de ficción son muy susceptibles a que les encuentren parecidos con seres de este mundo.

Qué hacer… catar el vino, libar tu sexo, escribir otra línea, buscar un título perfecto, desear un final feliz, abusar de la comas, comerse los puntos, perseguirte los senderos de la venas, numerar los lunares de tu espalda y unirlos para formar el dibujo exacto que estoy pensando…

Sabes que me tienen prohibido, por prescripción facultativa, decir demasiadas tonterías por hora, pero que, casi siempre, termino superando los límites de la lentitud, que me pierdo en una melodía, en un olor, en otra noche de camaradería a sabiendas de qué ellos siguen ahí, agazapados, con el escalpelo afilado y sanas intenciones de abrirme en canal, por si el parto se complica y hay que recurrir a la cesárea.

Pero, como buen padre, me dan ganas de darlos en adopción inmediata. Nacen así, sanguinolentos, respirando, mirándote fijamente a los ojos, como pidiendo explicaciones, acusándote sin disimulos por haberlos hecho nacer sin permiso.

Sí, lo sé, soy un canalla miserable, pero así y todo a veces me dan ganas de… vale, ya voy, no tardo.  Otra vez pienso acostarme bajo esas sábanas con la esperanza de encontrar, a media noche, una pierna buscando compensar la temperatura.

Ahora sólo me queda buscarme. Ya sé dónde estoy, aunque no sepa lo que digo.