Cada vez que escribo algo intuyo, creo, pienso y casi estoy completamente seguro, como casi nunca, que alguien ya escribió, si no lo mismo, algo parecido y, la mayoría de las veces, mejor

Pero no me pasa sólo conmigo, sino con todo lo que leo. Tal vez sea un evidente efecto secundario de mi mala memoria. Claro que, esto también tiene su parte positiva: olvido, claro, lo que me interesa.

Hoy tengo esas ganas tontas de escribir, locas, absurdas y legendarias. Pero tuve una visita inesperada de mi paredro, y aún no he sabido como llevarle la contraria. Mejor lo dejo pasar, le pongo una botanita y me dedico a contemplar al hijo de puta encantador que nunca se olvida de mí.

Lo bueno es que nunca viene solo, siempre se trae una botellita de algo y nos sentamos a recordar (a recordarme) los viejos tiempos, cuando las cosas buenas eran fantásticas y la malas peores.

Siempre vuelve a casa por Navidad, el muy, más que como el turrón, como ese sabor a almendras molidas y pastosas que se te quedaban pegadas en el paladar durante tanto tiempo que, aún hoy,  me parece estar salivando sentado ante un arbolito lleno de paquetitos con lazos, cintas luminosa y villancicos tan incordiantes como cualquier tema de la estudiantina más babosa.

Hoy me trajo otro regalito, y quiero compartirlo. La botella, lo siento, es sólo nuestra (es un malnacido, ya saben que por mi…)

gioconda belli

No me arrepiento de nada


Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la «niña buena», la «mujer decente»
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.


Gioconda Belli