Debería decir que estas palabras te las dedico a ti. ¿Debería decirlo?
   ¿Acaso cuando una madre está pariendo se le pregunta a quién van dedicadas las lágrimas y el sudor, el esfuerzo de dar a luz, no una vida, sino la vida misma?
   ¿Hace falta una respuesta, un nombre, un símbolo, un guiño, un recuerdo, un motivo? ¿Algo más, o menos, que este montón de cadáveres esparcidos por un papel para que se eleven y permanezcan, fieles como el colibrí, con su misma fuerza y constancia en el aleteo de las alas, defendiendo el trocito de cielo que le dispusieron para beber, para vivir?
   Mi memoria selectiva y mi estupidez a granel me hacen recordar pocos de los muchos libros que he leído. Uno de ellos no lleva prólogo y la historia la cuenta un perro para definir valores humanos que las personas vamos perdiendo por el camino y con los años. Seguramente habré leído algunos con dedicatorias geniales e inolvidables, pero los olvidé.
   Será por detalles como estos por los que no suelo decir más de lo que mis palabras dicen, como si fueran entendibles amén de interpretables. Y sabes que cuando quiero decir rojo no digo negro, y que cuando amo es hasta más allá y cuando odio, detesto. Por eso, por todo esto, por ser como soy a pesar de que eso no me otorgue derechos adquiridos para presumir, es que creo innecesario firmar el libro de mi vida, cada jirón de piel dibujado con tinta, vomitado, a veces, como una llamada de auxilio, un esoese.
   A veces me cambiaría por alguien, incluso por casi cualquiera, pero entonces no estaría escribiendo esto que, vuelvo y repito, está dedicado a ti, exclusiva y eternamente, como bien sabemos, y firmado con mi nombre, de puño y letra (nunca he conseguido firmar con el puño, pero lo seguiré intentado) y con mi nombre, dos puntos, y nuestro apellido. Vale.