Cuando casi ha pasado un mes desde su inauguración no oficial, me decido a presentar en sociedad cibernética un blog que, por muchas razones —algunas más evidentes que otras— me toca, me llega, me mata y me da vida. Me mata porque, cada día que pasa… bueno, que te voy a contar que no sepas? Y con cada nueva palabra, con cada gesto de esos que se van pareciendo, es como si la primavera estuviera ahí, a la vuelta de la esquina.
Si alguien se acuerda de lo que pensaba, sentía o soñaba cuando tenía ocho años, que tire la primera piedra y no esconda la mano. Yo tengo un tímido, leve, traicionero indicio de esa época, y sé que, ya entonces, mi corazón estaba en juego, apostado a todo o nada. Y aquí seguimos, aún, todavía y hasta que haga falta, mientras la esperanza renazca en cosas así. Llámalo blog, llámalo como quieras, pero hazlo y no lo olvides.
He llegado a comprender, desde esos remotos ocho años (no ha pasado tanto, verdad?) algunas cosas. Casualmente, la mayoría de ellas son las mismas que me hacían y me han hecho vibrar siempre.
Que no somos el ombligo del mundo y que, puestos a escoger, casi que me quedo con el tuyo.
Que sí, que hay otros mundos y están en este, pero sobre todo dentro.
Que las manos están hechas para reconocer tocando y el corazón para ser manoseado impúdicamente.
Que a pesar y gracias a que hay (o miles o ninguna) una razón para estar vivos, y que cada quién le ponga el nombre que quiera, no estamos solos, y de cuando en vez nos viene bien ponernos en el pellejo del otro, y mirar a través de sus ojos.
Como te iba diciendo, como te iba amando…
