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Sólo juró una vez en su vida y cumplió. Y cuando se jura es por Dios o por amor. Nomás habían pasado seis años pero sabía que la vida puede ser eterna en cinco minutos igual que se pierde o se gana en veinte años, que no son nada; nada más que recuerdos y ataques traicioneros de melancolía. Los flashback cobardes de la memoria emboscados con estrategia de guerrilla, de aquí te cojo aquí te mato, provocando masacres mnemotécnicas y muertes chiquitas verdaderas. Quién te iba a decir que en Toluca…

Los recuerdos -aparte de ser el concreto que, de a cachitos, emulsiona eso que llamamos vida- son como las putas nada profesionales que osan saludarte el domingo en el parque, cuando vas tomado del brazo de tu señora esposa.

Lo mismo con las coincidencias. Quién te iba a decir que en Toluca, de camino hacia cualquier organismo oficial, alguna cola, otra mordida, pararíamos en un bochinche de los tantos y tan apetecibles que hay por las curvas de la carretera a comer conejo o cordero – ¿puedo elegir?- y toparte de lleno con una jukebox, y elegirías Nuestro Juramento de botana para con el mezcal y bailaríamos como la primera o la última vez, como siempre o como nunca, como los novios inaugurando la celebración pública o su (¡dámela, papi!) hooneymoon particular e irrepetible.

De Ínsula Negra