We’re after the same rainbow’s end
Waitin’ ‘round the bend …
Moon River

¿A qué saben las cosas que no huelen a nada?

¿A qué huelen las cosas que no saben a nada?

«No se puede leer una cosa así sin llevar los labios pintados». Y mucho menos escribir cosas que puedan leerse sin zapatos de tacón, con la promesa de unos pies descalzos, inquietos y con la certeza de un arco iris a la vuelta de la esquina.
Tal vez sea cierto (alguien lo duda?) que soy como ese gato y que no pertenecemos a nadie a pesar de que sea la única (?) forma de conseguir la verdadera felicidad, y eso debe ser porque existe alguna otra que no es real o tan sólo inventada, y estoy cansado de decirte que ya estás en una jaula, tu misma la has construido y en ella seguirás vayas a donde vayas, porque no importa donde huyas, siempre acabarás tropezando conitgo misma.
Y no, no y no…  este desayuno no tiene nada que ver contigo. La llave de tu celda nunca la guardé yo, tu pijama de rayas no era de mi talla y en tu viaje al más allá olvidaste el boleto de vuelta.

Es mío, es mi jaula, mi mundo, mi vida y sólo cuento con llevarte el café a la cama y disculpa que esta vez, otra vez y punto y basta, deje de pluralizar y esta segunda persona del singular no te erice la piel.

Verdad que me entientes?  Cómo? Que no me entiendes? Y acaso te soprende, acaso crees que me sorprendo yo? Punto y aparte.

No todas las despedidas son tristes, sólo los hubiera o hubiese, y de los condicionales ni hablemos.

Pero volviendo al tema que no he  mentado más que de soslayo, sé que Audrey tenía unos pies perfectos y unas gafas negras efecto de la «arrancadilla» de anoche.

Salú, y que me perdonen los muertos de mi felicidad.