De cuando en vez tenía la dichosa manía, la pinche costumbre, el inevitable defecto de la nostalgia, y se dejaba llevar por imágenes borrosas, olores lejanos y miradas ajenas.
De vez en cuando, muchas, sin duda, para su maltrecho, malentendido y fatigado corazón, intentaba convencerse de que la opinión de los demás, después de todo -cuando se empeñaban en tutelar su vida- tenía algún sentido.
Algún que otro día se dejaba arrastrar por esas pequeñas cosas que, con el tiempo y un poquito de saliva, iban colmando la maleta de sus noches a solas.
Alguna que otra noche se instalaba en otra vidas y compartía besos, lágrimas, sonrisas, caricias, ganas y deseos con lo que alivianarse apenas de la pesada carga de sus días a solas.
Ahora que los recuerdos se habían convertido en una parte más de si mismo, junto con las canas y las previsibles arrugas, los mimaba con el cariño que se le prodiga a una -extraña y exótica- mascota.
Antes, sin embargo, le había tocado crearlos como quien escribe un libro, palabra por palabra, y siempre le quedó la duda de si el índice era tan imprescindible como decían, para no perderse entre los capítulos desordenados y pasar, por esta vez, del extenso y emborronado prólogo.
Después de todo, si algo tenía claro es que no quería que este fuera el epílogo, así que no dejaría pasar la oportunidad de hacer las cosas, al menos esta vez, como está mandado -y que no mande nadie, claro- y principiar con una tradicional, sentida y especial dedicatoria.
Y, si me apuras, hasta con un título en condiciones.
Dedicado a ti.