No querrás oírme reír, ni siquiera verme sonreír. Y eso que llegué a enamorarme de mis propios gestos, hasta de estos estúpidos ojos que no ven más allá.
Aprendí a conocerme mientras te amaba, cuando me di cuenta de que podía usar palabras, verbos y adjetivos de este tipo sin sentir la más mínima vergüenza.
Mis canas dejaron de ser efectos secundarios del paso del tiempo para convertirse en imágenes eróticas de viejas películas en blanco y negro, en paradigmas de una madurez por venir.
Los huesos a la vista una excusa para estudiar anatomía. Mi triste rostro, mi eterna juventud, en ofrendas a tus pies.
Nunca quise llegar tan lejos en esta vida, pero apareciste tú, y tu cuerpo terminó por convertirse en una excusa definitiva contra el virus de la rutina, a favor del cada día.
Ahora me despido, amor, momentáneamente de esta vida. Paso de reencarnaciones y credos. No más aire para mí, repártanse el oxigeno a discreción. Mi cupo está lleno por hoy, por siempre. Ya te respiré una vez y gasté el aliento necesario para decirte lo que ya sabes. Nomás, gracias.