Ahora no vengas a pedirme perdón. Yo también cometí los mismos errores y dejé el alzacuellos amarrado a tu pie, justito al lado de esa tobillera con corazones que te regalé (cuándo) aquella triste tarde que sabíamos una  más y otra de menos.

   Yo no quiero salvarme, deseo condenarme en el fuego eterno, en la desdicha completa de la hipocresía, en la falta de sentimientos y el exceso de normas y años de mala educación y mamitas lindas.

   Nada de besos robados; no más pieles prestadas, vidas paralelas que jamás llegan a tocarse por miedo a re-conocerse. Debería cachetearme por esta estupidez congénita, este empecinamiento en no sé qué exactamente. En seguir siendo cualquier cosa que se me parezca y no tenga nada que ver con eso que tú creíste o que los demás te hicieron creer.

   Y eso, precisa, justa, absurdamente es lo más o lo único triste. Lo triste es que la tristeza nos haya unido y sea lo que nos separe. Porque podría hacerte una lista de palabras que aprendí a querer, a interpretar y sentir semántica y literalmente, y no para que entendieras, porque también dejé el disfraz de maestro colgado del perchero, sino para no olvidarme de que, casi siempre es mejor decir gracias que te quiero.