La única tinta con la que admito escribir la historia de mi vida es con la de mi vieja, maldita, miserable y canalla Mont Blanc llena de sangre, con tinta sangre del corazón.
Las únicas medias que me han gustado fueron casi siempre negras, como ciertas pieles, la mayoría de mis pensamientos y las noches más profundas, amén de los agujeros y alguna que otra novela. Y sabes, porque conoces, porque comprendes y me entiendes (a veces, ya, amor… y quién es el necio que osa pedir más?) que no es necesario, entre tú y yo un nosotros, un contacto, un específico nombre o un determinado lugar en el espacio o en el tiempo. Y que sea lo que sea.
Tú me enseñaste a aprender. Juntos experimentamos las cosas que nadie nos había dicho, y, después de todo este tiempo, cada quién siguió descubriendo, y recordando, y asimilando, y haciendo como que esto es vida y todo lo demás fueron sólo sueños y algunas pesadillas.
Y cuando nos encontramos (cuando nos reconocimos) decidimos asesinar cruelmente a todos y cada uno de nuestros maestros, olvidando que siempre somos aprendices de algo. Lo que ocurre es que la vida no avisa, y cuando te llega la factura, debes pagar con lo que llevas encima, con lo puesto, con lo mucho o poco que hayas conseguido retener. Hay quién paga con dinero, los más con lágrimas, los menos con amor.
¿Perdonar? ¿Olvidar? Lo único que no deberías perdonarte, precisamente, es el olvido. A no ser que estés muerto, porque −sábelo desde ya−, no hay más dios, ni juez ni parte que tu almohada, tus días y tus noches a partir de cuando decidas empezar, de nuevo o de tres, dos, uno, cero.
La próxima vez que te digan que eres perfecto, tal vez sea el momento justo para que te pares frente a un espejo. No, no te voy a decir nada. Allá cada quién con su sombra. El círculo es perfecto no por su redondez ni por su fórmula ideal, sino porque empieza donde acaba. Y la perfección de cada cosa está en su esencia y no en su presencia.
La próxima vez que llegue a casa y te encuentre vestida, entraré desnudo, y que sea lo que sea.