Vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos.
Cambalache. E. S. Discépolos.
La verdad es que vivimos un tanto apretados, casi igual que como solemos morir; pero según me cuenta mamá, ha sido así por generaciones, desde siempre. Aunque esas cosas que, creo, llaman adverbios temporales o algo así, no tienen mucho significado para nosotros.
Y como éramos pocos, parió la abuela, otra vez, y la familia está creciendo tan aprisa que acabarán por descubrirnos. Incluso papá tuvo que ir a trabajar cuando aún no había oscurecido, como un valiente, a pesar de que se nos califique de escurridizos.
Por eso mi hermanita, que también está a punto de dar a luz, parece tan asustada; no ya por el parto en sí, ya que éste sería su tercer alumbramiento en lo que va de año, sino porque papá está empezando a mirarla mal, y como con hambre.
Sé que le debo un respeto al cabeza de familia, pero ya soy lo bastante adulto y, además, tengo que darle ejemplo a mis treinta y seis primogénitos.
Hoy por la mañana, cuando estemos los cuarenta y seis mil seiscientos cincuenta y seis cenando en la cocina, tendré que enfrentarme con él, dar un golpe de estado, de casa, de familia.
Mamá está terminando de preparar la comida, sin embargo la cosa (y la casa) empieza a oler mal.
Papá llega corriendo, asfixiado aparentemente por el exceso de ejercicio y tambaleándose como si estuviera borracho. Es mi momento. Me acerco él, lo miro directamente a los ojos, enrojecidos, y cuando me decido a espetarle toda la rabia acumulada a lo largo de mis tres largos meses de vida, se aferra a mí con todos sus brazos y, acariciándome cariñosamente me dice en un último estertor: Corre, Gregorio, sálvate tú. Acaba de llegar el monstruo DDT.
