Ana. Ismael Serrano

Pues sí, ¿por qué inventar, mezclar otras palabras cuando ya hay combinados explosivos que revientan el corazón? Es tan corta la vida, y son tantas despedidas llenas de promesas vanas.

Claro que en mi peor momento habré de recordar, a lo mejor escribir, a lo sumo pensar, querer, creer en la posibilidad de crear, creer, volver a querer. Hacer un cocktail de palabras con un toquito de razón, tantito picoso, que embriague, de a poco, cuerpo y mente, o alma y corazón. Cada vez me resulta más complicado encontrar los ingredientes justos y necesarios para escribir las cartas que nunca hice, pero no cejo en el empeño del maquillaje, en la impenitente actitud de disimular ojeras y parecer humano.

Despedimos un año, despedimos sabores, incluso amores. Lo peor de las despedidas lo conocemos casi todos. Pocas, muy pocas conozco tan tristes como la de un aeropuerto inundado de lágrimas, tan asquerosamente parecidas a las de un puñado de tierra resonando sobre un ataúd.

Pero, de la misma forma que tras la muerte pueden venir nuevos despertares (prometo escribir y mantenerlos informados), tras los adioses parece inevitable que lleguen otros holas, otros dónde estabas, otras vidas.

Pero, puedes estar tranquila, quizás me marche y no vuelva, quizás me muera y no tengas que maldecirme jamás. Ni tan siquiera pensar que, es tan corta la vida, y son tantas despedidas… a pesar de esos incesantes ruiditos que seguirán haciendo las piedras que, contra tu ventana, lanzó la felicidad, mientras cierras los ojos como quien cancela los postigos del recuerdo para cerrarle el paso a la vida.

Ya que Ismael lucha contra sus propios fantasmas y ballenas cantando, me permito pedirle prestadas sus palabras de introducción a modo de despedida. Si te la sabes (la letra de la vida?) canta conmigo; y si no, improvisa.

A pesar de las ganas de decir amén, me conformaré con un simple Vale.