Mientras el cura consagra la hostia, el monaguillo sostiene, tembloso, asustado, el Cáliz entre sus manos y mira de soslayo la puerta entreabierta de la sacristía. Las beatas de la primera fila lo acechan desde bajo sus velos, por orden expresa – ¡de Dios!- del cura, para que no sise sorbitos de la sangre transmutada por el santo sacramento (vino, vaya), como, supone, venían haciendo los demás. Lo que no sospecha es el verdadero motivo de la falta de vocación entre los muchachos del barrio, ni el por qué duran tan poco en el puesto. Ellos saben que, justo en el preciso instante en que pronuncia el conjuro divino, en la sacristía se aparece, como por arte de magia, un señor de barbas canas y edad indefinida, esperando el final de la misa para cobrar su porcentaje en el espectáculo, en especias, con pan y vino.
