Y ahora dime que no la recuerdas, aunque no la hayas oído nunca; y cuando digo nunca quiero decir siempre. También estoy dispuesto a escuchar o a seguir oyendo excusas como las que me invento yo para −en cualquier ocasión− dejar de creer que soy un cobarde.

Hoy también estaba deseando que terminara este estúpido día y que el ocaso se precipitara sobre la ciudad para confundirla con cualquier otra, noche o ciudad. ¿Por qué será que la noche nos ayuda a confesar sentimientos con menos temor?

Estoy negándome a que me embriaguen los recuerdos esta vez. Al menos esos en concreto que no hace falta que te enumere a no ser que pretendas borrarlos, a pesar de lo inútil del intento. Brindaré por el olvido inexistente, por cada gesto pasado y por todos los futuros, si acaso pudiera haber más de uno.

Voy a renegar tantito de mi vida para disfrazarme, por un rato, de personajes inventados por mi maltrecha, calenturienta y disparatada imaginación, por ver si alguno de ellos es capaz de encauzar este río a la deriva y remontarme hasta la margen de tus caderas disimuladamente.

Tal vez entonces, y sólo entonces y por esta  noche, me permita otro atajo por el jardín de senderos que se bifurcan entre tu espalda y las ganas, entre el tiempo y la distancia, entre los olores, mis manos, y tus pies.

Para enyescar, nuestra botana preferida: un cocktail de niños muertos macerado en vino rojo tinto sangre escanciado sobre cualquier trinchera de tu cuerpo. Amén.