1
Cansada de ser la bruja malvada del cuento, decidió cumplir su deseo inconfesable.
Tomó las Páginas Negras, buscó por su provincia (El País de los Nuncas y los Siempres y miró por la D1). Concertó una cita para el siglo que viene con los especialistas de Corporación DermoPatética y, más tranquila, encendió la olla para prepararse un té con esencias de víbora y ojos de macho castrado.
Pero en esta maldita época había que trabajar, al igual que en todas las que había vivido; así que, sin darle más vueltas a sus ilusiones, sacó al Sapo de su jaula y volvió a espolvorearlo con los polvos mágicos. Y el cabrón, de nuevo, volvió a sonreír.
2
El lacayo con forma de despertador aporreó la puerta de su recámara, asquerosamente puntual como sólo pueden serlo un lameculos o una madrina.
Detestaba el ritual diario de observar su tez perfecta en el espejo bruñido que había heredado, como era tradición, de su padre, el Rey. No había noche que no soñara con proponerle un trueque a todos los dioses que tan benévolos habían sido con su físico de Adonis, en igual medida que fue sentenciado a vivir con un corazón empequeñecido por la desdicha de no conocer eso que llaman amor, para vivir.
Ya no creía en cuentos de hadas, ya era mayorcito y estaba en edad de merecer. Recurriría a los métodos tradicionales. El bufón, su amigo de la infancia, le había contado hace años un cuento en el que una bruja buena convertía a los príncipes más guapos en horribles Sapos, y los dejaba en las charcas más inmundas, a la espera de que alguna princesa de buen corazón se dignara besarlos, y ser felices y bla bla bla.
3
Sus padres se empeñaron en llamarla Sheyla. Decían que se daba un aire con una tía lejana que, en un país ligeramente cercano, había conseguido contraer nupcias con un buen partido (un Virrey más viejo que feo y más muerto que vivo): lo que se dice un buen torneo o una buena justa. Pero con menos sangre, si descontamos la del virgo tan celosamente custodiado.
A ella, no sabía por qué, le gustaba más el de aquella menina que la ayudaba cada mañana a calzarse el corset de la infamia. Se llamaba simplemente María y parecía tan feliz como la simpleza de su nombre. Sus manos estaban ajadas por el trabajo, a pesar de ser casi de la misma edad, pero su piel y sus ojos destilaban una felicidad de la cual ella carecía.
«Algún día llegará mi príncipe«, se repetía día y noche. El próximo será el último, se juraba.
4
Once upon a time, a long, long time ago… o sea, como quién dice anteayer, el bufón, fiel amigo y confidente, contactó con la malévola bruja para que fuera al castillo y hechizara a su señor, como en cualquier cuento que se precie.
Como un valiente, sin pensarlo dos veces, se tragó el ponzoñoso brebaje sin rechistar, pero tapándose la nariz como cuando, de infante, su mami, la Reina, le daba medicinas amargas y caricias dulces.
Al día siguiente, cuando el lacayo feroz entró a despertar al príncipe y no lo encontró, en el castillo se organizó la búsqueda y captura. La búsqueda del heredero y la captura del pinche bufón que seguramente lo había raptado, pues sobre el real tálamo sólo quedaron la corona y el sombrero con cascabeles.
Quiso la casualidad (dije causalidad, no?) que ese mismo día, la princesa, desesperada, fuera a las cuadras y montara a pelo el corcel más veloz de la caballeriza real y corriera como alma que lleva el amor hacia lo profundo del bosque, al lago de sus sueños y pesadillas donde tantos atardeceres deseó ser poseída por su amante y, sin embargo, se dedicaba a busca r Sapos entre el limo y el fango del fondo, casi tan negro como sus esperanzas.
Tras el árbol del bien y del mal, agazapados, bruja y bufón supieron que el destino, esta vez, estaba de su parte, que el momento tantos años anhelado, por fin, había llegado, y se besaron por última vez y le echó el (un) polvo mágico.
Fue soltar al sapo y la vida se les derramó como agua entre las manos.
Sapo mira princesa (con ojos saltones, claro). Princesa mira sapo con ojos (libidinosos) encantados. Sapo saca lengua. Princesa besa sapo, y el sapo, sonríe, otra vez, y se convierte en un hermoso, valiente, encantador y encantado… bufón.
El otro Sapo mira a la bruja (con ojos espantados!) y se traga la lengua. La malévola, la maldita, cansada de hechizar Sapos para que vinieran niñas fresitas y se llevaran el premio, le dio un beso (con lengua) y supo, al ver como el príncipe la miraba con sus ojos azules y enamorados, que las dos mil piezas de oro invertidas en la operación habían valido la pena, que hizo bien en extirparse el odio de su corazón en lugar de aquella verruga que, en ese mismo instante, el heredero del amor besaba con fruición.
The End